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La importancia del acompañamiento en el espacio de práctica

  • Foto del escritor: cecilia lahitte
    cecilia lahitte
  • 2 ene
  • 2 Min. de lectura

La práctica de Ashtanga no ocurre en el vacío. Necesita un espacio, un marco y una estructura que la sostenga en el tiempo. Un espacio de práctica personal no es simplemente un lugar físico donde cada quien llega a “hacer lo suyo”: es un territorio cuidado, con reglas claras y una ética compartida que permite que la práctica exista, se profundice y atraviese sus múltiples etapas.

Quien dirige un espacio de práctica tiene un rol que va mucho más allá de enseñar una secuencia. Su función es sostener un encuadre. Definir normas de convivencia, condiciones de funcionamiento y acuerdos comunes no es un gesto de control, sino una forma de contención. Algunas de estas reglas surgen directamente de la tradición y de la lógica de la práctica; otras son decisiones propias de quien sostiene el espacio. Todas tienen un mismo objetivo: crear un entorno seguro, claro y confiable para la práctica personal.

La práctica personal no es lineal. Avanza, se detiene, retrocede, se frustra, se transforma. Hay momentos de expansión y otros de cierre. Hay etapas de claridad y otras de duda. Todo eso sucede dentro del mismo espacio, y es justamente allí donde el acompañamiento se vuelve fundamental. Acompañar no es dirigir cada movimiento ni intervenir de manera constante, sino estar disponible, observar, sostener la estructura y permitir que cada practicante transite su proceso a su propio ritmo.

En este sentido, el espacio de práctica personal es un delicado equilibrio entre firmeza y libertad. Firmeza en las reglas, en el horario, en la estructura y en el respeto mutuo. Libertad para que, dentro de ese marco, cada alumno explore su práctica como necesita hacerlo en ese momento particular de su vida. La claridad del encuadre es lo que habilita esa libertad, no lo contrario.

La práctica está ahí, siempre. No pertenece al profesor ni al alumno. Se manifiesta a través de quienes la practican y de quienes la transmiten. Quienes sostenemos un espacio somos canales: facilitamos, acompañamos, materializamos la práctica en un contexto concreto. Nuestro rol es cuidar ese canal para que la práctica pueda desplegarse con honestidad, profundidad y continuidad.

Cuando el espacio está bien sostenido, la práctica encuentra un suelo fértil. Y desde ese suelo, cada practicante puede crecer, detenerse, volver a empezar y seguir, sabiendo que hay un marco firme que lo acompaña.


 
 
 

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