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Presencia: lo que realmente se aprende (y se enseña) en la práctica

  • Foto del escritor: cecilia lahitte
    cecilia lahitte
  • 29 ene
  • 2 Min. de lectura

En Ashtanga, la presencia se enseña. No como un concepto abstracto, sino como una experiencia vivida, construida día a día, respiración a respiración.

Solemos celebrar a los maestros: su camino, su disciplina, su ejemplo, su guía. Y está bien hacerlo. Pero hay algo que muchas veces queda implícito: gran parte de lo que se aprende al sostener una clase no proviene solo de los propios maestros, sino también —y a veces de manera muy profunda— de quienes se colocan frente al mat.

Los roles de estudiante y guía no son tan fijos como parecen. Con el tiempo, los practicantes sostienen el espacio tanto como quien lo conduce. Hay alumnos que, a través de la constancia, la paciencia y la presencia, enseñan sin proponérselo. Enseñan a esperar, a escuchar, a no apurar un proceso. A veces, enseñan a desacelerar —con amabilidad.

En la práctica —y particularmente en Ashtanga— todos comienzan en el mismo lugar. No importa cuánto tiempo hayas practicado otra cosa, cuántos años lleves enseñando, o qué etiquetas traigas. Acá se empieza desde el principio. Y ese comienzo suele poner en jaque al ego.

Esto puede resultar confuso. O frustrante. Muchas personas llegan esperando intensidad, rendimiento o un desafío físico inmediato, y se encuentran con algo aparentemente simple: pocas posturas, indicaciones básicas, un énfasis constante en la respiración. Aparece la comparación. Surge el juicio. La idea de que “esto es fácil” o “esto no es suficiente”. Pero muchas veces lo que falta no es intensidad: es presencia.

En algunas disciplinas tradicionales —incluidas ciertas artes marciales japonesas— el entrenamiento no comienza dominando la técnica principal. Suele empezar con acciones simples y repetitivas: cuidar el espacio, refinar movimientos básicos, presentarse una y otra vez.

No porque esas acciones sean el objetivo, sino porque entrenan la atención y el carácter. Dejan al descubierto la impaciencia, la resistencia y la necesidad sutil de demostrar algo.

La herramienta nunca fue la espada. La herramienta siempre fue la presencia.

Ashtanga funciona de un modo similar. La práctica no empieza por la forma externa, sino por la capacidad de estar presente. De respirar. De observar qué ocurre cuando el control se pierde, cuando la comprensión no llega, cuando el progreso no coincide con las expectativas del ego.

Desde el lugar del docente, esto también es una lección constante. Aprender a guiar sin imponer. Aceptar que no todos están listos para comprender lo mismo al mismo tiempo. Reconocer la propia frustración, el deseo de que el estudiante “lo entienda” antes de estar preparado. Ahí también enseña la práctica.

Al final, todo vuelve al mismo punto: la presencia. La respiración como puente hacia la mente. La mente como espacio de observación. La claridad como resultado de sostener este trabajo, una y otra vez.

Las formas externas —posturas, fuerza, habilidad— pueden resultar impresionantes. Pero no son la fuente. Son una consecuencia. El trabajo real sucede mucho antes, en lo que no se ve: la atención, la respiración y la capacidad de permanecer con lo que es.

Eso es lo que se practica. Eso es lo que se aprende. Y muchas veces, eso es lo que se enseña sin decir una sola palabra.

 
 
 

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