Empezar, quedarse, volver
- hace 7 días
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Hay muchas razones por las que alguien decide probar Ashtanga por primera vez. A veces es curiosidad, a veces una búsqueda de movimiento, de orden, de calma o de algo que todavía no sabe nombrar. También hay dudas, miedos, resistencia, la sensación de que quizás no sea para uno, o de que no se va a poder sostener. Y sin embargo, algo hace que se vuelva a la práctica.
Antes de empezar, casi nadie imagina todo lo que la práctica puede mover por dentro. No solo cambia el cuerpo, sino también la forma de estar, de mirar, de respirar y de habitar el tiempo. Con la constancia, empiezan a aparecer beneficios que no siempre se ven de inmediato: más claridad, más disciplina, más presencia, más paciencia. La práctica empieza a ordenar lo interno de una manera muy sutil, pero profundamente real.
Quedarse en Ashtanga también implica atravesar momentos en los que cuesta. Hay días de más energía y otros de menos, días de entusiasmo y otros de duda. Pero con el tiempo, algo del proceso se vuelve más claro: la práctica no pide perfección, pide presencia. Y en esa presencia sostenida, aun con altibajos, algo se transforma.
Hoy la práctica, para mí, es eso: un espacio donde sigo descubriendo algo nuevo de mí misma. No siempre es cómodo, no siempre es fácil, pero sí es verdadero. Y aunque cambie la forma en que aparece en cada etapa de la vida, sigue siendo un lugar al que vuelvo porque me ordena, me centra y me recuerda quién soy cuando me entrego al proceso.
Si alguien está pensando en empezar, quizás no haga falta entenderlo todo antes. A veces alcanza con probar una clase, con acercarse sin demasiadas expectativas, con permitir que la experiencia hable con el tiempo. Lo importante no siempre se entiende al inicio; muchas veces se descubre después, cuando la práctica ya empezó a hacer su trabajo silencioso.

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